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miércoles, 21 de marzo de 2012

Bienvenida la primavera

Dice el mismo Juan Ramón Jiménez en el prologuillo a la obra Platero y yo :

" Advertencia a los hombres que leen este libro para niños:
Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡qué se yo quién!"


y luego muy ufano agrega:

"Yo nunca he escrito nada para niños"

pero también advierte:

"...creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren."

Yo digo que por casualidad o por error, sólo Dios sabe, Platero y yo llegó a mis manos a la edad de 13 años y será que el ser niña de pueblo o que mi imaginación era fértil dió paso a un disfrute inimaginable de su obra... cada una de sus palabras me remontaba a la cotidianidad de Coquimatlán...

¡HOY CELEBRO LA LLEGADA DE LA PRIMAVERA VOLVIENDO A PLATERO,!

Especialmente al capítulo 28 de nombre Remanso para recordar las faldas del Cerro de la Cruz de mi amado pueblo.


- XXVIII - REMANSO

Espérate, Platero... O pace un rato en ese prado tierno, si lo
prefieres. Pero déjame ver a mí este remanso bello, que no veo
hace tanto años...

Mira cómo el sol, pasando su agua espesa, le alumbra la
honda belleza verdeoro, que los lirios de celeste frescura de la
orilla contemplan extasiados... Son escaleras de terciopelo,
bajando en repetido laberinto; grutas mágicas con todos los
aspectos ideales que una mitología de ensueño trajese a la
desbordada imaginación de un pintor interno; jardines venustianos
que hubiera creado la melancolía permanente de una ruina loca
de grandes ojos verdes; palacios en ruinas, como aquel que vi en
aquel mar de la tarde, cuando el sol poniente hería, oblicuo, el
agua baja... Y más, y más, y más; cuanto el sueño más difícil
pudiera robar, tirando a la belleza fugitiva de su túnica infinita, al
cuadro recordado de una hora de primavera con dolor, en un
jardín de olvido que no existiera del todo... Todo pequeñito, pero
inmenso, porque parece distante; clave de sensaciones
innumerables, tesoro del mago más viejo de la fiebre...

Este remanso, Platero, era mi corazón antes. Así me lo
sentía, bellamente envenenado, en su soledad, de prodigiosas
exuberancias detenidas... Cuando el amor humano lo hirió,
abriéndole su dique, corrió la sangre corrompida, hasta dejarlo
puro, limpio y fácil, como el arroyo de los Llanos, Platero, en la
más abierta dorada y caliente hora de abril.

A veces, sin embargo, una pálida mano antigua me lo trae a
su remanso de antes, verde y solitario, y allí lo deja encantado,
fuera de él, respondiendo a las llamadas claras, «por endulzar su
pena», como Hylas a Alcides en el idilio de Chénier, que ya te he
leído, con una voz «desentendida y vana»...

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